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La Epístola a los Hebreos, Parte 6

Habiendo empezado a mostrar la debilidad del sacerdocio levítico cuando se compara con el de Melquisedec, el autor continúa en la misma dirección. Los sacerdotes levíticos eran pecadores y tenían que estar presentando sacrificios día a día y año a año, y después morían y otro sacerdote tomaba su lugar para hacer lo mismo una y otra vez. Nosotros necesitamos un sumo sacerdote que no es un pecador, quien solamente necesita ofrecer un sacrificio, quien vive para siempre y nos puede salvar para siempre.

Hebreos 8

El Sumo Sacerdote del Nuevo pacto
Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre.

Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer. Así que, si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley; los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte. Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas (Hebreos 8:1-6).

Todo lo que Moisés construyó en el desierto fue una copia de algo que él vio en el Cielo. Era el diseño para la tierra de una réplica de las cosas verdaderas en el Cielo. Por consiguiente, las promesas que acompañaban a lo terrenal no eran tan buenas como las promesas de lo que era verdadero en el Cielo. Nunca ningún sacerdote levítico fue al Ciclo a sentarse a la derecha de la Majestad, ni ninguno de ellos podía ofrecerse como nuestro sacrificio. Lo mejor que el Antiguo Pacto podía hacer era dejar a un lado los pecados de la gente, y eso se podía hacer únicamente si se llevaban a cabo una serie de estrictas regulaciones. Pero nuestro Sumo Sacerdote sí entro en el Ciclo y sí está sentado a la mano derecha de Dios. Y debido a Su sacrificio perfecto, el Nuevo Pacto nos separa de nuestros pecados como el oriente está separado del occidente, y ya no es necesaria ninguna obra suplementaria de nuestra parte para mantenerlo de esa manera.

Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo. Porque reprendiéndolos dice:

He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades [Jeremías 31:31-34].

Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer (Hebreos 8:7-13)

Este pasaje es tomado de Jeremías 31 y nos muestra que el Nuevo Pacto no es una idea del Nuevo Testamento referida para la Iglesia. Jesús vino a ofrecerle este pacto a Israel y un día, pronto, ellos lo aceptarán. Cuando el escritor dijo que Dios había encontrado defectos en el pueblo bajo el Antiguo Pacto, se refería a que ellos no podían guardar el pacto y hacerse por sí mismos sin defecto alguno. Por eso es que un nuevo y mejor pacto tenía que ser ofrecido, y cuando lo fue, el antiguo se haría obsoleto. Si sus lectores se volvían al antiguo pacto no solo estarían tratando de suplementar lo verdadero con una copia, sino que la copia ya había sido reemplazada y no podía ofrecer ya ni siquiera una promesa limitada. Para nosotros es importante entender que cualquier obra religiosa que hagamos en un esfuerzo para ganar o para mantener nuestra salvación, en realidad empeora nuestra situación, no la mejora, porque nuestras obras nada pueden hacer a nuestro favor, sino que causan que perdamos las bendiciones que de otra manera pudimos haber recibido como una recompensa por nuestra fe.

Hebreos 9

La Adoración en el Tabernáculo Terrenal
Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y un santuario terrenal. Porque el tabernáculo estaba dispuesto así: en la primera parte, llamada el Lugar Santo, estaban el candelabro, la mesa y los panes de la proposición. Tras el segundo velo estaba la parte del tabernáculo llamada el Lugar Santísimo, el cual tenía un incensario de oro y el arca del pacto cubierta de oro por todas partes, en la que estaba una urna de oro que contenía el maná, la vara de Aarón que reverdeció, y las tablas del pacto; y sobre ella los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio; de las cuales cosas no se puede ahora hablar en detalle
(Hebreos 9:1-5).

Para los lectores del Siglo I, repasar la distribución del tabernáculo habría sido totalmente innecesario, pues este se encontraba repetido en el Templo. Muchos de ellos habían sido sacerdotes que habían servido en el Templo. Pero el Espíritu Santo quería que nosotros tuviéramos un cuadro de ello para que pudiéramos entender mejor el Antiguo Pacto. Lo que el escritor llama el candelabro en realidad era la lámpara de siete brazos llamada la Menora en la cual se quemaba, de manera permanente, una mezcla especial de aceite y especias. Era la única luz que había en estos aposentos sin ventanas. Sobre una mesa recubierta en oro, colocaban 12 panes mezclados con incienso, uno para cada una de las 12 tribus. Esto quedaba en el aposento exterior llamado el Lugar Santo, en donde los sacerdotes hacían su trabajo. Un grueso tapiz separaba este lugar del Lugar Santísimo el cual contenía el altar de oro del incienso, el Arca del Pacto, y el Propiciatorio (o Asiento de Misericordia). Fijos sobre este había una representación de los querubines, uno a cada lado, con sus alas extendidas que se tocaban a la mitad. Cuando el propiciatorio se colocaba sobre el Arca de 1,20 metros de largo, semejaba los brazos y el respaldar de una silla. Este era el Trono de Dios. Su presencia permanecía inmóvil sobre el Arca entre los querubines.

Y así dispuestas estas cosas, en la primera parte del tabernáculo entran los sacerdotes continuamente para cumplir los oficios del culto; pero en la segunda parte, sólo el sumo sacerdote una vez al año, no sin sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados de ignorancia del pueblo; dando el Espíritu Santo a entender con esto que aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie. Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas. (Hebreos 9:6-10).

Solamente el Sumo Sacerdote por sí solo podía ingresar al Lugar Santísimo, y solo, y lo hacía únicamente una vez al año, en Yom Kippur, y solamente después de una gran preparación ceremonial. Cada vez que ingresaba llevaba consigo la sangre del sacrificio para dejar a un lado los pecados del pueblo del año anterior, la cual rociaba sobre el Propiciatorio. Nadie más podía entrar ante la presencia de Dios, porque la sangre de esos animales no limpiaba a la gente de sus pecados, solamente los ponía a un lado. Si alguien más entraba en el Salón del Trono de Dios, moría de inmediato. De hecho, aun en el día señalado, el Sumo sacerdote tenía que atarse una cuerda al tobillo para que pudiera ser sacado en caso de que su preparación no hubiera sido suficiente o su sacrificio inaceptable, dando como resultado su muerte.

Cuando el sacerdote rociaba la sangre del sacrificio sobre el Propiciatorio estaba realizando un acto simbólico. La idea era que ya que Dios permanecía inmóvil sobre el Arca y miraba hacia abajo de Él, y veía Sus leyes que habían sido rotas, estaba mirando a través de la sangre que el Sumo Sacerdote había rociado para hacer la propiciación por la gente, y Su ira sería puesta a un lado.

La Sangre de Cristo
Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?
(Hebreos 9:11-14).

Jesús no llevó la sangre de un macho cabrío para entrar en la copia de un santuario aquí en la tierra. Él llevó Su propia sangre para entrar al verdadero santuario en el Cielo. Por eso es que en la mañana de la Resurrección Él le dijo a María que no lo tocara porque aun no había subido a Su Padre (Juan 20:17). Él estaba en camino para llevar a cabo su acto final como nuestro Sumo Sacerdote y así limpiarnos de nuestros pecados de una vez y para siempre. Él iba a rociar Su propia sangre sobre el verdadero Propiciatorio en el Cielo. Ahora Dios miraría hacia abajo a Su Ley rota y vería la sangre de Su propio Hijo, reconciliándonos así con Él para siempre (Colosenses 1:19-20).

Esto es así porque Su ofrenda de sangre no solamente santifica exteriormente a la gente por el año que pasó, como la ofrenda levítica lo había hecho anteriormente, sino que Su sangre nos limpió internamente y para siempre. Ahora "tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él" (Efesios 3:12). Y cada vez que lo hacemos, el Rey de toda la Creación detiene el universo para darnos amorosamente toda Su atención.

Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador.

Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive. De donde ni aun el primer pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado [Éxodo 24:8]. Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión (Hebreos 9:15-22).

Las palabras griegas para testamento y pacto son las mismas en este pasaje y resaltan la naturaleza legal de esa relación. Y como sabemos, la última versión de ese tipo de documento tiene precedencia sobre las anteriores al determinar las intenciones del autor. El nuevo sustituye al viejo.

Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Hebreos 9:23-28).

Entonces fue bueno santificar las copias terrenales con sangre, lo cual era temporalmente suficiente; pero con los originales celestiales, la ofrenda tenía que ser permanente. Solamente la sangre del eterno Hijo de Dios lo podía hacer. Y puesto que Su sangre es eternamente suficiente, solamente tenía que ofrecerla una sola vez y para siempre. Ya no era necesaria una fila interminable de sacerdotes, los cuales no eran perfectos, ofreciendo la sangre que no era suficiente en una copia que no era permanente. Así como las personas mueren una sola vez antes de enfrentarse al juicio, el Hijo del Hombre solamente tenía que morir una vez para pagar la pena total que de otra manera nuestro juicio habría requerido. La próxima vez que lo veamos ya Él no llevará nuestros pecados, sino que nos estará entregando nuestros perdones.

Mientras más estudio la carta a los Hebreos más me convenzo de que esta carta fue escrita para confirmar nuestra seguridad, no para negarla. La próxima vez veremos el Capítulo 10 y pondremos todo esto de "libere su salvación" detrás de nosotros de una vez por todas. Nos vemos. 08/12/2007.