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La Epístola A Los Hebreos, Parte 2

Estudios Biblico en Espanol
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Un Estudio Bíblico por Jack Kelley

Hebreos Capítulo 2:5-18

En nuestro estudio anterior vimos cómo el autor anónimo dio pruebas que Jesús es superior a los ángeles, así como Su nombre (el Hijo de Dios) es mayor que el de ellos (hijos de Dios). El Hijo de Dios es la representación exacta de Su ser, Su profeta para los últimos días, el único proveedor de nuestra purificación, y cuando terminó Su obra, se sentó a la derecha se la Majestad. Ahora veremos que en el proceso Él descendió más abajo que los ángeles por un corto período de tiempo, para convertirse en un hombre y así poder salvar a la humanidad. Entonces, empecemos.

Jesús Hecho Como Sus Hermanos
Porque no sujetó a los ángeles el mundo venidero, acerca del cual estamos hablando; pero alguien testificó en cierto lugar, diciendo:

¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites? Le hiciste un poco menor que los ángeles, le coronaste de gloria y de honra, y le pusiste sobre las obras de tus manos; todo lo sujetaste bajo sus pies (Salmo 8:4-6).

Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos. (Hebreos 2:5-9).

Tanto aquí como en el Salmo 8 la frase "un poco menor", también se traduce como "por un poco tiempo". Jesús quien como el Hijo de Dios es superior a los ángeles y de hecho los creó, de manera temporal descendió a la jerarquía de la creación a un lugar más abajo que el de ellos, para convertirse en el Hijo del Hombre.

Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo:

Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré (Salmo 22:22). Y otra vez: Yo confiaré en él (Isaías 8:17). Y de nuevo: He aquí, yo y los hijos que Dios me dio (Isaías 8:18). (Hebreos 2:10-13).

A nosotros, los hijos del Padre, se nos ha dado el Hijo para que podamos ser sus hermanos y hermanas. Romanos 8:29 nos dice que desde la perspectiva de Dios hemos sido confirmados a la semejanza de Su Hijo para que podamos ser los primeros nacidos entre muchos hermanos. Y Pablo también escribió:

Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo (Gálatas 4:4-7).

En las culturas griega y romana, los hijos no eran herederos automáticos de las propiedades de su padre. Cuando llegaban al momento de la madurez cuando ya podían entender de lo que se trataba, usualmente entre los 14 y 18 años, pasaban por un proceso de adopción formal en el cual recibían "todos los derechos como hijos", calificándolos para poder heredar las propiedades de su padre. Hasta ese momento, a pesar de que eran descendientes biológicos de sus padres, no tenían ninguna posición legal mayor que la de los esclavos de la casa. Por medio del sacrificio expiatorio del Señor, se nos ha dado la calidad de "los derechos totales como hijos" en la familia de nuestro Padre. Ya no somos más esclavos del pecado, y no solamente hemos sido perdonados, sino que también hemos sido hechos herederos con Cristo de toda la eternidad.

Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham.

Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Hebreos 2:14-18).

Dios no hizo a Su Hijo como un ángel para salvar a los ángeles, sino en un hombre para salvar a la humanidad, ser nuestro Sumo Sacerdote, nuestro sacrificio expiatorio, y nuestro mediador ante Dios. Cuando Adán pecó, perdió su inmortalidad y su herencia, y todos sus hijos fueron hechos esclavos de Satanás. Sin un redentor el hombre estaba perdido y sin esperanza, siéndole imposible salvarse a sí mismo. Dios tenía el precio de la redención y el deseo de pagarlo, pero según Sus propias leyes, solamente un hombre, el pariente cercano de Adán, podía salvarnos (Levítico 25:25, 47-48). Pero estando esclavizados ellos mismos al pecado, nadie en la familia humana podía hacerlo. Y así fue como Dios se convirtió en un hombre en la forma de Su propio Hijo y pagó el precio de nuestra redención con Su propia vida. Pero Él no solamente nos salvó a nosotros. Cuando ascendió de vuelta a la jerarquía de Su legítima posición en el trono de la creación, Él nos tomó consigo, más allá de los ángeles, para ser hijos e hijas de Dios y coherederos con Él, sentándonos a Su lado en el ámbito celestial (Efesios 2:6).

Hebreos Capítulo 3

Jesús Es Superior a Moisés
Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús; el cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios. Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo. Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios. Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza
(Hebreos 3:1-6).

Aquí los destinatarios de la carta son descritos como creyentes vueltos a nacer, y se les dice que su ancestro más reverenciado, Moisés, ha sido sobrepasado por Jesús. Como el apóstol Juan escribiría, "Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo" (Juan 1:17). La superioridad del Hijo sobre el siervo demuestra la superioridad del Nuevo Pacto sobre el Antiguo. Aquellas personas que han sido entrenadas desde su nacimiento a depender del Antiguo Pacto ahora deben de tener la valentía y la esperanza de aferrarse al Nuevo.

Advertencia Sobre La Incredulidad
Por lo cual, como dice el Espíritu Santo:

Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres; me probaron, y vieron mis obras cuarenta años. A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, y dije: Siempre andan vagando en su corazón, y no han conocido mis caminos. Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo (Salmo 95:7-11).

Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.

Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.

¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron? Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad (Hebreos 3:7-19)

Esta es otra advertencia para no devolverse al sistema levítico. Después de haber sido liberados de la esclavitud en Egipto con brazo extendido y con juicios grandes (Éxodo 6:6), los israelitas se rebelaron cuando Dios les pidió que caminaran en fe a la Tierra Prometida y obtuvieran la victoria sobre sus moradores. "También vimos allí gigantes ... y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos" (Números 13:33).

Debido a su incredulidad, Dios retiró Su poder y cuando intentaron tomar la tierra por su propia fuerza, fueron rotundamente derrotados (Números 14:41-45) y consignados a pasar la vida en el desierto.

Los israelitas que aceptaron la liberación de la atadura de la esclavitud en Egipto pero rehusaron entrar en la Tierra Prometida, son un modelo del creyente que ha aceptado la liberación de la atadura del pecado pero se rehúsa a caminar en victoria. Ambos han sido redimidos de la atadura y ambos han recibido la provisión de Dios, pero ambos están privados de Su poder y están condenados a pasar su vida en el desierto.

Sacrificios Por El Pecado
Un elemento central del sistema levítico era el sacrificio diario por el pecado. Cada cordero debía ser puesto sobre el altar para ser quemado toda la noche para cubrir los pecados que ellos podían cometer durante la noche. Al amanecer, ese cordero era reemplazado por otro que se quemaría durante todo el día para cubrir los pecados que pudieran cometer durante el día. Además de eso, los israelitas debían hacer un sacrificio personal por sus propios pecados. El no hacerlo los privaba de la bendición de Dios y eso producía Su ira sobre ellos.

Juan presentó a Jesús a Israel como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Él se estaba refiriendo al sacrificio diario por el pecado. La diferencia es que este Cordero solamente sería sacrificado una sola vez y para siempre. Con el establecimiento del Nuevo Pacto solamente tenemos que creer que Él murió por nosotros para que seamos salvos para toda la eternidad (Juan 3:16). Pero eso no hace que dejemos de pecar, y cada vez que lo hacemos debemos confesarlo para poder permanecer en comunión con Dios aquí y ahora (1 Juan 1:9). Ya no tenemos que preocuparnos más por la ira de Dios (Colosenses 1:20), pero si no confesamos nuestros pecados seremos privados de Su poder, de Su protección y de Su bendición. Es el Nuevo Pacto que reemplazó los sacrificios diarios.

De hecho, el escritor les advirtió a los creyentes hebreos que devolverse del Nuevo Pacto los dejaría tan débiles y sin poder sobre sus enemigos espirituales como lo estuvieron sus antepasados sobre los enemigos físicos luego de haberse devuelto de la Tierra Prometida. Eso demostraría su incredulidad en la suficiencia de la muerte del Señor para cubrir sus pecados. Eso no pondría en peligro su salvación, pero los alejaría de la comunión con Él. Mientras que aun se encuentran del lado correcto del perdón, estarían del lado equivocado del poder, atrapados en un desierto espiritual igual como sus antepasados estuvieron atrapados en uno físico. La confesión y el perdón por sus pecados son los únicos remedios aceptables para Él.

Y hoy día es lo mismo. ¿Cuántos creyentes viven una vida sin autoridad por sus pecados no confesados? Claro, aun son salvos, pero ¿en dónde está su victoria en la tierra y cuál será su recompensa en el cielo? Tienen vida sin salud, prueba sin triunfo, servicio sin éxito. Están del lado correcto de la Pascua pero del lado equivocado de Pentecostés. ¿Y Usted, de cuál lado está? Selah 10/11/2007.