Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta (Hebreos 4:12-13).
Algunas personas ven el alma y el cuerpo como si fueran intercambiables, mientras que otras creen que el alma y el espíritu son términos equivalentes. Pero como creyentes debemos creer que el alma es la parte consciente de nosotros, compuesta de la mente (intelecto), la voluntad y las emociones. Es la parte de nosotros que toma las decisiones y que controla nuestro comportamiento al darle instrucciones a nuestro cuerpo. Nuestro espíritu es la parte subconsciente, un consejero interior para el alma consciente.
Ambos son intercambiables y eternos y están alojados en nuestro cuerpo el cual es la parte tangible y temporal. El cuerpo está diseñado para ser usado en esta vida y cuando morimos lo dejamos atrás. Pablo describió nuestro cuerpo como nuestra habitación terrenal y habló de cómo anhelamos ser vestidos de nuestra habitación celestial. Los creyentes no desean ser tanto despojados de sus cuerpos terrenales, dijo él, como el ser revestidos de los celestiales. Él dijo que el recibir nuestro cuerpo celestial es la razón por la que fuimos creados, y es por lo que Dios nos dio el Espíritu Santo desde el primer momento cuando creímos. Él es el depósito que garantiza lo venidero, lo cual es el intercambio de nuestra habitación terrenal por la celestial (2 Corintios 5:1-5).
No Siempre Fue Así
Yo creo que Adán y Eva fueron creados con un alineamiento celestial del cuerpo sujeto al alma la cual a su vez estaba sujeta al espíritu, el cual era uno con Dios. Pero en la caída, esta alineación se pervirtió y a través de la influencia de Satanás, el alma empezó a imponerse sobre el espíritu. En el proceso, ambos se contaminaron por el pecado, y la conexión directa con Dios se interrumpió. Durante el tiempo después de la caída, el alma se volvió más asertiva conforme el hombre entró en el período que algunas personas llaman la Dispensación de la Consciencia. El hombre fue dejado libre para decidir por sí mismo lo que era correcto y las cosas empeoraron progresivamente hasta que Dios tuvo que borrarlo todo y empezar de nuevo. Esta experiencia ha sido repetida una y otra vez. Aun durante el tiempo del dominio israelita cuando la conexión de las comunicaciones con Dios se reabrió formalmente, la misma terminó en fracaso. Durante ese período se nombraron profetas para que les hablaran al pueblo de Dios, y sacerdotes para que le hablaran a Dios por el pueblo. Pero no fue suficiente. El problema estaba en que el espíritu del hombre que no es salvo está confundido e incierto debido a los efectos del pecado y generalmente aconseja mal a su alma, la cual también está contaminada por el pecado. La cruz cambió todo eso. Ahora, cuando nacemos de nuevo y nuestro espíritu es uno con el Espíritu de Dios (1 Corintios 6:17), la confusión y la incertidumbre desaparecen. Nuestro espíritu comienza a conocer el bien y el mal como absolutos, y nuestra conciencia comienza a servir como una guía confiable a nuestra alma, la cual aun está infestada por el pecado.
Por eso es que Jesús nos dijo que nuestra justicia debería ser mayor que la de los fariseos y los doctores de la ley. Al no ser nacidos de nuevo, sus esfuerzos por mantener la ley eran actos de la voluntad que por lo general estaban en conflicto con lo que el espíritu les aconsejaba hacer. Para ellos aun era un asunto de su alma sobreponiéndose a su espíritu. Conocían muy bien la ley para saber cuando sus espíritus les aconsejaban que la quebrantaran. En Isaías 29:13 el Señor dijo, “Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra (gobernados por su alma), pero su corazón (espíritu) está lejos de mí”. Jesús los acusó de tener apariencia de sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia (Mateo 23:27). Su obediencia a la ley era solamente un consentimiento intelectual respaldado por el poder de la voluntad.
Volvamos a Hebreos 4
Pero el Señor le presta especial atención a los motivos de nuestro corazón y nos juzga según nuestras intenciones, no según nuestras acciones. Esto es lo que el autor de la carta a los Hebreos quiso decir cuando escribió que la palabra de Dios puede partir el alma (comportamiento) y el espíritu (motivos). A Él no lo engañan los intentos del hombre por comportarse bien. Él conoce los pensamientos y las actitudes de nuestro corazón. Nada le es oculto a Su vista. Al comentar sobre la limpieza ceremonial, Él dijo no es lo que entra en nosotros lo que nos hace impuros, sino lo que sale de nosotros. “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo 15:17-19). Jeremías escribió que el corazón del hombre es engañoso sobre todas las cosas y perverso (Jeremías 17:9). Después de haber pecado con Betsabé, David oró a Dios para que creara en él un corazón nuevo, y renovará en él un espíritu recto (Salmo 51:10). Esto es lo que sucede cuando nacemos de nuevo y el Espíritu Santo se une con nuestro espíritu. El resultado es que recibimos un corazón puro. Eso es lo que David anhelaba, pero eso no podía suceder antes de la cruz (Juan 7:39).
De hecho, el Espíritu Santo obra a través de nuestro espíritu para reposeer nuestra alma de su atadura al pecado. Pero puesto que esa no es nuestra parte consciente, nuestro espíritu solamente puede influenciar nuestras decisiones. Nuestra alma debe escoger escuchar el consejo de nuestro espíritu, en cuyo “oído” susurra el Espíritu Santo. Esto es lo que Pablo quiso decir cuando nos dijo de ser transformados por la renovación de nuestras mentes (almas) (Romanos 12:2). Esta transformación consiste en escoger conscientemente el permitirle al Espíritu Santo que se convierta en la influencia primaria en la determinación de nuestras acciones. De nuevo, esta es una asignación celestial. El Espíritu de Dios a nuestro espíritu y luego a nuestra alma. Por eso fue que los fariseos fueron criticados. El Espíritu de Dios no estaba en ellos por lo que su obediencia era producto de su intelecto, su alma. El espíritu de ellos permanecía sin ser regenerado. Se veía bien por fuera, pero por dentro estaba todo desordenado. Era la forma sin sustancia, la cual producía la auto-justificación, y no la humildad.
El mayor problema que tenemos es que nuestra alma aun está luchando con su atadura del pecado y, por consiguiente, todo el tiempo debe de escoger el someterse a nuestro renovado espíritu. Recordemos que es en el alma en donde se toman nuestras decisiones del comportamiento. Nuestro espíritu es uno con el Espíritu de Dios, pero solamente puede aconsejar. Pablo describió nuestro dilema de manera conmovedora en Romanos 7-8 al decir que él tenía el deseo de hacer lo bueno pero no lo podía hacer. Su espíritu era uno con Dios, pero su alma algunas veces se rebelaba. En su interior él se podía gozar con la ley de Dios, pero por fuera algunas veces se tenía que conformar con la ley del pecado y de la muerte.
En realidad eso es lo contrario al problema de los fariseos. Ellos mostraban ser buenos por fuera pero estaban llenos de malos pensamientos y de malas intenciones. Mientras el Señor los condenaba a ellos, Él no dirigió ninguna condenación hacia nosotros (Romanos 8:1), porque a pesar de que nuestra alma por lo general nos traiciona, nuestro espíritu es uno con Dios. Pablo va más allá hasta separar del creyente el comportamiento al decir que no somos nosotros los que pecamos, sino la naturaleza pecaminosa que mora en nosotros (Romanos 7:20).
¿Terminará Esto Algún Día?
Cuando muramos, o seamos raptados, nuestra transformación será completa, y la obra del Espíritu Santo de re-posesionarnos terminará. El alineamiento celestial quedará restaurado permanentemente, y nuestra alma regenerada quedará en perfecta sumisión a nuestro espíritu, el cual es uno con Dios. Solamente entonces estaremos listos para recibir nuestros cuerpos resucitados. Ya no se nos ocurrirá comportarnos de una manera contraria a la voluntad de Dios y finalmente seremos aptos para morar con Él para siempre.
El cuerpo nuevo que recibamos se comparará con el viejo solamente por sus características físicas. El cuerpo viejo está corrompido y condenado a perecer. El cuerpo nuevo será incorruptible y nunca perecerá (1 Corintios 15:53). Nos reconoceremos unos a los otros y conoceremos a Dios como somos conocidos por Él (1 Corintios 13:12). Ya las cosas no estarán ocultas más a nuestro entendimiento o más allá de nuestra comprensión, porque nuestra alma, en donde el entendimiento y la comprensión tienen lugar, finalmente estará libre de la atadura del pecado. La creatividad inmensurable con la que la mente humana fue creada, será por fin liberada para nuestro gozo y deleite eterno. Los pequeños brotes de talento y habilidad en las artes y en las ciencias que apenas podemos ver ahora, se convertirán en ricas vetas en la mente por toda la eternidad.
Y lo mejor de todo es que finalmente vamos a lograr el verdadero deseo de nuestro corazón, el ser uno con nuestro Creador, en cuerpo, alma y espíritu. Selah. 27/10/2007.
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